Alerta naranja
Con el objetivo de sobrevivir dispuse a mi mente a enfriar todo aquello que podía resonarme dentro de la piel. No funcionó, como podía preveer, y algunas noches de domingo o jueves me arrasaba el temporal detrás de la vieja ciudad muerta. Pasaron las horas, los días y las vueltas al sol y la vida se diluyó mientras la miraba detrás del vidrio empañado, incapaz de conectar con quienes creía que estaban ahí. De tanto dolor en algún momento perdí la sensibilidad y simplemente me esforcé en seguir respirando. Quizás el dolor siempre esté acá, a un recuerdo de distancia, quizás tenga secuelas y vea siempre los caminos muertos y las oportunidades perdidas. Quizás nunca me arrepienta de haberlo intentado pero sí del resultado, de nunca haber calculado los costos, la pandemia, la muerte y la soledad. Quizás no me recupere nunca. Las noches de tormenta cuando no sé qué hacer con el dolor me acuesto acá, me acerco a lo desgarrador del paso del tiempo y me entrego, sin certezas y...