Alerta naranja

 Con el objetivo de sobrevivir dispuse a mi mente a enfriar todo aquello que podía resonarme dentro de la piel. No funcionó, como podía preveer, y algunas noches de domingo o jueves me arrasaba el temporal detrás de la vieja ciudad muerta. Pasaron las horas, los días y las vueltas al sol y la vida se diluyó mientras la miraba detrás del vidrio empañado, incapaz de conectar con quienes creía que estaban ahí. De tanto dolor en algún momento perdí la sensibilidad y simplemente me esforcé en seguir respirando. 

Quizás el dolor siempre esté acá, a un recuerdo de distancia, quizás tenga secuelas y vea siempre los caminos muertos y las oportunidades perdidas.

Quizás nunca me arrepienta de haberlo intentado pero sí del resultado, de nunca haber calculado los costos, la pandemia, la muerte y la soledad. Quizás no me recupere nunca. 

Las noches de tormenta cuando no sé qué hacer con el dolor me acuesto acá, me acerco a lo desgarrador del paso del tiempo y me entrego, sin certezas y solo con incertidumbre, a la vida tal cual está hoy. Creo firmemente que se trata de seguir andando pero nunca me había perdido tantas veces en las vueltas de la Panamericana sin saber que desvío tomar. 

No sé quién soy después del último lustro ni que sueños sigo soñando. Solo sé cuáles son las pérdidas que sigo llorando. Que sí, que seguro las pueda descubrir incluso con esta sensación a flor de piel de vacío y confusión flotando como la humedad de nuestra ciudad.

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