Una mañana con demasiado café
Era un domingo pálido por la mañana, el sol no se esforzaba demasiado cuando ellos llegaron. Solo los vi porque estaba en el sofá leyendo. A veces aparecía esa sensación, como si observara la vida transcurrir a través del pensadero pero ninguna de ellas fuera mi vida. Él le preguntó si se había acordado de traer el pan. Eran 11.30 de la mañana. Aparentemente era la hora indicada para el gancia de todos los domingos. Ella contestó que después, cuando volvieran a almorzar. ¿Eso significaba que después del vermu se iban y después volvían? Me parecía un manejo curioso del tiempo. Él respondió algo que no pude entender y entraron a la casa. El tiempo se congeló aunque los autos siguieron andando por la avenida como los pensamientos por mi mente. Eran los dueños de la casa desde donde observaba sentada el sillón y cada tanto tenía la ocasión de espiar sus vidas. Cuando venían sus nietas de visita, cuando salía humo de la parrilla, cuando sacaba la ecosport del garaje. Yo simplemente observaba.
El problema sería, pensaba mientras tanto, cuando después de la aguda tristeza ya no hubiera cierta dosis de alivio. Cuando ese dolor punzante siguiera pinchando clavándose en el pecho pesando sobre los pulmones sin dejarme respirar.
Escuché decir que todos los domingos venían 11.30 y que de lunes a viernes salían 9.15. También oí los pájaros aunque ninguno sonaba como aquellos de mi infancia. Deben ser aves distintas. Claro, si estamos en climas distintos, a kilómetros de distancia, en siglos distintos. Y yo simplemente observaba.
Una vez sentada en el patio los escuché discutir. Él se carajeó con una de las hijas, casi tres años después todavía no se cuál es cuál. Un portazo y el silencio. La gata varias veces quedó encerrada en su galpón y la escuchamos llorar por la noche. Pero se la cobró cuando se les metió en su habitación una noche de verano. Ellos tenían aire acondicionado y nosotros no. Después de unos meses, les dejamos la llave para que le dieran de comer cuando viajábamos. No teníamos a nadie más.
Sus vidas eran las únicas vidas que podía observar pasivamente sin que me pagaran por ello, como ver barcos pasar a través de un catalejo.